Los gritos llenaron la habitación. Acusaciones, reproches, silencios insoportables.
Entonces una voz pequeña, temblorosa, los detuvo.
—¿Papá?
Emily estaba en la puerta, abrazando su conejo de peluche, los ojos abiertos por la confusión.
En ese instante, el mundo de Richard se redujo a ella. Ya no importaban ni el dinero, ni la traición, ni el imperio. Solo su hija.
Se arrodilló y la abrazó fuerte, tan fuerte como si temiera perderla también. Emily escondió la cara en su pecho. Por primera vez en años, Richard sintió lo que era amar sin reservas, sin excusas.
Un nuevo comienzo en las cenizas
Aquella noche marcó el final del mundo que Richard había construido. Su matrimonio quedó destrozado. Su amistad con Daniel, enterrada en la traición. Su riqueza, inútil, se convirtió en una carga.
Pero de entre los restos surgió otro hombre. Uno que ya no corría tras contratos, sino tras risas infantiles. Que ya no buscaba imperios, sino momentos con su hija.
No podía borrar el dolor. No podía retroceder el tiempo. Pero sí podía elegir distinto.
Al amanecer, con Emily dormida entre sus brazos, Richard entendió la ironía más cruel de su vida: había conquistado las salas de juntas, pero había perdido su hogar.
Y juró no repetir ese error nunca más.
La lección de la caída de un millonario