Tropezó hacia atrás, luchando por respirar. Su mente le devolvía recuerdos: Laura vestida de blanco el día de su boda, llorando cuando nació Emily, las veces que se había prometido que el sacrificio valía la pena.
¿Todo había sido una mentira?
Laura giró la cabeza y lo vio. Sus ojos se abrieron de par en par. Por un segundo, hubo culpa. Pero enseguida, algo peor: alivio.
—Richard —susurró, cubriéndose con las sábanas—. No deberías estar aquí.
Ese “no deberías estar aquí” lo atravesó como un cuchillo.
Daniel, arrogante como siempre, se levantó despacio, abrochándose la camisa. Su expresión era de burla contenida.
—La dejaste sola demasiado tiempo, Richard —dijo con calma—. Alguien tenía que estar con ella.
El enfrentamiento
La rabia inundó a Richard. Los puños cerrados, los músculos tensos. Pero bajo la furia había algo peor: un vacío insoportable.
—Después de todo lo que hice… —logró decir, su voz rota, cargada de incredulidad—. ¿Después de todo lo que les di?
Laura lo miró con lágrimas, pero no eran de arrepentimiento. Eran de cansancio.
—Nos diste dinero, Richard —respondió en voz baja—. Pero no estabas aquí. Ni para mí, ni para Emily. Construiste un imperio, pero nuestra casa se estaba desmoronando.
Las palabras lo desgarraron más que la traición. Durante años había creído que el éxito justificaba la ausencia. Que el lujo era prueba de amor. Pero allí, frente a la realidad, entendió que había levantado castillos de cristal: hermosos, pero frágiles y vacíos.
El quiebre final