Un millonario llega temprano a casa… y no puede creer lo que ve: un padre que sacrificó a su familia por la fortuna enfrenta un momento desgarrador con su hijo discapacitado que lo obliga a elegir entre el imperio y el amor, y la impactante escena que lo espera dentro de su mansión lo dejará sin aliento. – muoi

Al principio, fue un murmullo lejano, un eco apenas audible que descendía por la gran escalera. Richard contuvo la respiración.

Era risa.

Suave. Íntima. No la risa infantil de Emily. No una comedia en la televisión.

Era la risa de Laura.

Y no estaba sola. La acompañaba una voz masculina, grave, demasiado cercana, demasiado cómoda.

El corazón de Richard empezó a latir con fuerza. Una docena de explicaciones se agolparon en su mente: un primo, un viejo amigo… cualquier cosa. Pero en lo más profundo, una sospecha oscura se clavaba con cada paso que daba.

Subió lentamente, cada peldaño un martillazo en su pecho. La risa se convirtió en susurros, en jadeos entrecortados que terminaban en carcajadas.

La puerta del dormitorio principal estaba entreabierta.

El instante que lo destruyó todo

Richard empujó la puerta.

Y el mundo se detuvo.

Sus rodillas flaquearon, aferrándose al marco para no caer.

Allí estaba Laura, iluminada por la tenue luz de la lámpara de noche. Su cabello en ondas sueltas, sus ojos brillando con una felicidad que Richard no recordaba haber visto en años. No estaba sola.

A su lado, en la cama, estaba Daniel Harper.

Richard lo reconoció al instante. Daniel había sido su socio, casi un hermano, hasta que la avaricia y la traición destrozaron su relación.

Ahora estaba en su casa. En su cama. Con su esposa.

La escena era demasiado clara, demasiado íntima para necesitar explicaciones. El mundo de Richard se desmoronó en un segundo.

El derrumbe de sus certezas

 

 

 

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