Un albañil gastó 300 millones para casarse con una mujer paralítica; en su noche de bodas, al quitarle la ropa, descubrió una verdad impactante: “TÚ ERES…”
Lucía sonrió entre lágrimas. Por primera vez, el futuro ya no le aterraba.
Su noche de bodas llegó con una llovizna.
La habitación recién remodelada olía a madera nueva y flores de jazmín. Hugo, nervioso, ayudó a Lucía a sentarse en la cama. Sus manos temblaban, no de deseo, sino de ternura.
Cuando le quitó con cuidado el vestido blanco de encaje, se detuvo.
No por la fragilidad del cuerpo de su esposa, sino por las cicatrices: largas marcas grises que le recorrían la espalda, rastros de cirugías, caídas y noches de dolor silencioso.
Hugo no dijo ni una palabra. Simplemente la abrazó fuerte, tan fuerte que sus lágrimas le caían sobre el cabello.
“¿No te arrepientes?”, preguntó Lucía con voz apenas audible.
“Solo lamento no haberte conocido antes… para poder sufrir menos contigo”, respondió.
“Eres el mayor tesoro de mi vida”.
Lucía lloró. Esa noche, no hubo compasión, solo amor puro.
Los días siguientes estuvieron llenos de rutinas, risas y esperanza.
Hugo se levantaba antes del amanecer, cocinaba para ambos y luego la llevaba al centro de rehabilitación.
Por las tardes, le enseñaba nuevas recetas o construía inventos caseros para facilitarle la vida.
Lucía, por su parte, volvió a pintar.
Sus cuadros, llenos de colores brillantes y mariposas, parecían un grito de renacimiento.
Pronto abrió un taller en línea para niños, al que llamó “Renacer en Colores”.
Con el tiempo, surgió la magia.
Un año después, empezó a sentir un hormigueo en los pies.
Dos años después, con la ayuda de bastones, logró dar sus primeros pasos.
“La Lotería del Corazón”
Cuando Lucía dio tres pasos hacia él, Hugo rompió a llorar como un niño.
Entre lágrimas y risas, le dijo:
“¿Ves, amor? Al final, te tocó la lotería”.
Él la abrazó y le respondió:
“Y no cambiaría este premio por nada, ni por el mundo entero”.
Desde entonces, cada mañana en Puebla, los vecinos todavía los ven —él empujando la silla, ella caminando a su ritmo— y todos saben que, a veces, la verdadera suerte no se gana con un boleto, sino con un corazón que no se rinde.