Dos días después, el teléfono dejó de funcionar.

Cuando mi teléfono empezó a vibrar sin parar, al principio no lo entendí. Llamadas perdidas. Una y otra vez. Mensajes ansiosos, cada vez más urgentes. Dieciocho llamadas en tan solo unas horas. Fue entonces cuando supe que algo se había roto.
No fue una tragedia espectacular. Fue más discreta. Una cadena de acontecimientos mal anticipada. Un equilibrio construido sobre hábitos nunca cuestionados... y que de repente se debilitó.
Decir no, por una vez
Me tomé un tiempo para pensar antes de devolver la llamada. No por venganza, sino por claridad. Ayudar, sí. Llevar toda la carga, no. Llega un punto en que decir que no se convierte en un acto de respeto propio.
Las conversaciones eran tensas. A veces incómodas. Lluvia de acusaciones, luego silencios. Y finalmente, las verdaderas preguntas. Esas que evitamos mientras todo funcione.
Cuando se reequilibran los roles
Esa Navidad, no estuve rodeado de seres queridos. Pero entendí algo esencial: ser padre no significa desaparecer para la comodidad de los demás. El amor no es una deuda perpetua ni un cajero automático emocional.
Al dar un paso atrás, le permití a Mathieu afrontar sus propias decisiones. No para castigarlo. Para que pudiera crecer.