Se extendía un terreno amplio con baldosas rotas y restos de antiguos juegos infantiles oxidados por el tiempo. Al fondo se levantaba el edificio del albergue orfanato, con paredes manchadas por la humedad y ventanas sin mantenimiento. “Es aquí”, dijo Emiliano señalando la estructura. La palabra orfanato no estaba escrita en ningún lugar visible, pero la arquitectura hablaba por sí sola. Era un edificio de responsabilidad pública, aunque en evidente abandono. Se acercaron lentamente. La entrada principal tenía la puerta entreabierta, no por descuido reciente, sino por desgaste.
La madera ya no encajaba bien en el marco. Dentro el pasillo estaba en penumbra. Solo entraba luz por las ventanas laterales, lo que provocaba sombras alargadas en el piso. Lucía se llevó una mano al pecho, intentando sostenerse emocionalmente ante el aspecto del lugar. Victor avanzó con prudencia, atento a cada detalle. “Este sitio debería estar cerrado”, murmuró él. Emiliano asintió. Lo están cerrando, pero todavía quedan cosas sin ordenar. El niño caminó por el corredor central, acostumbrado al silencio.
Los pasos de los tres resonaban sobre el piso desgastado. A cada lado había puertas entreabiertas que dejaban ver habitaciones vacías, colchones apoyados contra las paredes, muebles desarmados, cajas amontonadas sin etiquetar. Lucía se detuvo un segundo frente a un escritorio cubierto con papeles viejos. Aquí hubo actividad reciente”, dijo notando que algunos documentos estaban fechados semanas atrás. Emiliano miró hacia allí, pero no comentó nada más. siguió adelante sin perder el rumbo. Al llegar a la zona administrativa, el contraste era aún mayor.
Archivos sin clasificar sobre estanterías, carpetas apiladas sin orden, hojas sueltas que parecían no haber sido revisadas en meses. Era evidente que el proceso de cierre había sido apresurado y caótico. “No entiendo cómo pueden dejar un lugar así”, susurró Lucía impresionada por el abandono. Victor tampoco comprendía. La falta de organización no solo mostraba descuido, sino una ausencia total de supervisión. Sin embargo, no expresó lo que pensaba. Necesitaba mantener la cabeza clara. Emiliano los condujo hacia un pasillo lateral donde la pintura se desprendía de las paredes.
Los fluorescentes del techo estaban apagados o rotos y el aire tenía un leve olor a humedad. ¿Aquí es donde? preguntó Victor con cautela. El niño negó suavemente. Más adelante, ellos no se quedaban en las habitaciones grandes. Estaban en una parte que casi nadie usa. Aquella frase provocó un escalofrío en Lucía. No preguntó por qué. Tenía miedo de la respuesta. El pasillo se estrechaba a medida que avanzaban. Se notaba que esa ala había sido clausurada o quedaba al margen de las rutinas del personal.
Puertas trabadas, marcos torcidos, ventanas cubiertas de polvo. El ambiente resultaba inquietante, pero no por peligro, sino por abandono. Emiliano se detuvo frente a una esquina. Ellos estaban más allá, dijo señalando con la mano. Victor sintió que el pulso le aumentaba. Sabía que aún no verían a sus hijos. Ese momento pertenecía al capítulo siguiente, pero estar tan cerca del lugar donde habían estado removía emociones profundas. Lucía respiró hondo tratando de mantener la calma. El niño dio un paso hacia adelante, pero entonces ocurrió algo inesperado.
Un sonido hueco, como un golpe leve contra madera o metal, resonó desde el fondo del pasillo. No fue fuerte, pero sí nítido, lo suficiente para detenerlos en seco. Lucía tomó el brazo de Victor con reflejo instintivo. Victor observó hacia la oscuridad, sin poder distinguir nada. “¿Hay alguien ahí?”, preguntó en voz baja. El eco de su propia voz regresó por el pasillo. Emiliano frunció ligeramente el ceño. No debería haber nadie en esa parte, murmuró. Otro ruido apenas perceptible cruzó el aire.