Emiliano pensó antes de responder. Parecían cansados. Tenían frío. Les di un poco de pan porque uno de ellos estaba despierto y el otro lo abrazaba fuerte. dijo sin exagerar, como si relatara algo cotidiano. Victor sintió un nudo en la garganta. Lo que escuchaba era demasiado concreto para ignorarlo. Emiliano dijo con una mezcla de determinación y cuidado. Necesito que me lleves a ese lugar. No importa cuándo, quiero verlos con mis propios ojos. El niño no tardó en responder.
¿Puedo llevarlos? Dijo con tranquilidad. Sé cómo llegar. Victor sintió que el mundo cambiaba de posición. No era una promesa vacía. La firmeza en la voz del chico lo decía todo. Lucía se inclinó apenas hacia él. “Gracias por confiar en nosotros”, susurró. El niño bajó la mirada como si no estuviera acostumbrado a que alguien le agradeciera algo. Guardó las monedas en su bolsillo, tomó su pequeña bolsa y se puso de pie. No había tensión en su postura, solo una serenidad extraña para su edad, como si entendiera que lo que estaba a punto de mostrar podía cambiarlo todo.
Victor observó al niño durante un largo segundo. La duda que lo había perseguido durante meses se transformaba ahora en un impulso real. Seguir adelante, descubrir la verdad y enfrentar lo que viniera después. Emiliano ajustó la bolsa sobre su hombro. Si quiere, podemos ir cuando usted diga. dijo con sencillez. Victor asintió, sintiendo como la incertidumbre y la esperanza comenzaban a entrelazarse dentro de él de un modo que ya no podía contener. Victor observó a Emiliano mientras el niño ajustaba la bolsa sobre su hombro.
Había algo en su manera de moverse, una mezcla de cautela y costumbre que indicaba que conocía bien los alrededores. Lucía permaneció a su lado intentando controlar la ansiedad que crecía con cada paso. ¿Está lejos?, preguntó Victor mientras comenzaban a caminar. No mucho, respondió Emiliano. Pero no se llega por calles principales. Hay que entrar por detrás. Aquellas palabras despertaron una inquietud silenciosa, aunque ninguno lo comentó. El niño avanzaba con paso firme, acostumbrado a transitar espacios que para ellos resultaban desconocidos.
Siguieron por una avenida lateral, cruzaron una zona donde las veredas mostraban desgaste y más allá tomaron un pasillo estrecho entre dos construcciones antiguas. El lugar parecía olvidado por la ciudad. Lucía miraba alrededor con discreción, tratando de no mostrar su creciente nerviosismo. “Vienes por aquí todos los días?”, preguntó ella suavemente. “A veces”, contestó Emiliano sin detenerse. “Hay caminos más cortos si uno no quiere que lo vean.” Victor intercambió una mirada breve con Lucía. No era el momento para preguntas adicionales, pero la frase quedó grabada en su mente.
Tras una serie de giros, llegaron a un muro alto cubierto por enredaderas secas. Emiliano se detuvo y señaló un punto hacia la derecha. Por ahí indicó, había una abertura, posiblemente hecha por el deterioro del muro, lo suficientemente amplia para que una persona pudiera pasar inclinándose un poco. El niño atravesó primero para mostrarles el camino. Victor lo siguió. Lucía pasó detrás cuidando no tropezar con los restos del ladrillo desmoronado. Al otro lado, el ambiente cambió de manera notable.