No voy a dejar que vaya solo, dijo suavemente. Victor asentó. Sabía que ella también necesitaba respuestas, por difíciles que fueran. El trayecto hasta el cementerio transcurrió entre silencios largos. La ciudad parecía detenida bajo el cielo gris. La tormenta había quedado atrás, dejando un aire húmedo y frío que encajaba con la inquietud que ambos cargaban. Al llegar se dirigieron hacia los puestos de flores que comenzaban a abrir. Victor se acercó al primer vendedor, un hombre mayor que acomodaba ramos sobre una mesa improvisada.
Disculpe, comenzó. Ha visto a un niño por aquí. Ayer estaba en el cementerio cabello oscuro, algo delgado. El florista lo observó unos segundos antes de responder. Sí, lo conozco de vista. Viene de vez en cuando, a veces ayuda a mover cosas. Creo que pasa la noche por esta zona, respondió con tono amable. Lucía y Victor intercambiaron miradas. Era una pista. Agradecieron y caminaron hacia la entrada lateral, donde un cuidador barría hojas húmedas. Victor repitió la pregunta. Lo he visto sentado por allá junto al muro dijo el hombre señalando una acera cercana.
No molesta, solo pasa el tiempo. Eso bastó. Siguieron la dirección indicada y al doblar la esquina lo encontraron. Emiliano estaba sentado en la acera con las piernas cruzadas, frente a él varias monedas ordenadas en filas pequeñas. En su mano sostenía un trozo de pan que mordía con tranquilidad. La mañana gris lo envolvía, pero él parecía ajeno a todo. Concentrado en su pequeña tarea, Victor sintió un impulso que mezclaba inquietud y urgencia. Caminó hacia él. Emiliano llamó con voz controlada.
El niño levantó la mirada, no mostró sobresalto ni desconfianza, simplemente reconoció al hombre y en sus ojos apareció una expresión breve pero significativa. Entendía que Victor había regresado porque lo había tomado en serio. Pensé que quizá no vendría, dijo en voz baja. Lucía se acercó unos pasos, pero dejó que Victor hablara primero. Necesitamos hablar contigo dijo él. Lo que mencionaste ayer es importante. El niño asintió. No quise causar problemas, murmuró mientras dejaba el pan a un lado.
Solo dije la verdad. Aquella naturalidad golpeó a Victor más de lo que esperaba. No había dramatismo ni nervios, solo una certeza tranquila. Victor se agachó para estar a su altura. Ayer mencionaste a dos niños, comenzó. Dijiste que los viste. ¿Podrías contármelo otra vez? Necesito estar seguro de que hablamos de las mismas personas. Emiliano no dudó. Sí, señor. Se tocó la muñeca señalando un punto específico. Uno tiene un lunar aquí, muy pequeño, casi redondo. Lucía contuvo la respiración.
Ese detalle era exacto. Luego el niño frunció la nariz de forma muy particular, un gesto breve que Victor reconoció de inmediato. Matías lo hacía desde bebé, siempre que sentía frío o estaba incómodo. El corazón de Victor latió con fuerza, pero esperó sin interrumpir. Y cuando duermen, continuó Emiliano, se quedan abrazados siempre juntos. Aunque haya ruido o se despierten asustados, no se sueltan. Lucía llevó una mano al pecho. El gesto fue involuntario. Victor cerró los ojos un instante mientras procesaba lo que acababa de escuchar.
No eran datos generales ni coincidencias, eran rasgos íntimos que solo alguien que hubiera visto a los gemelos podría conocer. Cuando volvió a abrir los ojos, se encontró con la mirada tranquila del niño. Emiliano, ¿dónde los viste?, preguntó con suavidad, sin presionar. El chico bajó la vista por un momento. No están lejos respondió. Están en un lugar donde duermen algunos niños. Yo también estuve allí algunos días. Lucía se adelantó un poco, cuidando cada palabra. ¿Estaban solos? ¿Tenían algo para cubrirse?