“¡Señor, esos gemelos están en el orfanato!” reveló el niño pobre al millonario de luto…

Cada página añadía nuevas dudas, fechas tachadas y modificadas, iniciales sobrepuestas, un número de archivo que no seguía la secuencia habitual, pequeñas irregularidades que por sí solas no significaban nada, pero juntas formaban un rompecabezas inquietante. “Aquí”, dijo, “de pronto, ¿ves esto?” Lucía se acercó. “¿Qué ocurre?” Él señaló una sección del documento. Este formulario debería tener dos firmas, la del profesional a cargo y la del supervisor, pero aquí solo hay una y parece ampliada digitalmente. No tiene sentido. Lucía pasó sus dedos por el borde del papel.

No quiero pensar que todo estuvo mal, murmuró. Victor dejó los documentos sobre el escritorio. No estamos diciendo que estuvo mal, solo que no concuerda. Nada concuerda. se levantó y comenzó a caminar lentamente por el estudio con las manos apoyadas en la cintura y la mirada perdida. Lucía lo observó unos segundos antes de hablar de nuevo. Victor, si mañana vamos a buscar al niño y él no aparece, ¿qué haremos? Él se detuvo. Entonces seguiremos investigando. No pienso dejar esta duda sin respuesta.

Lucía lo miró con los ojos llenos de emociones mezcladas, miedo, cansancio y una chispa minúscula de esperanza que luchaba por no encenderse. “No sé si estoy lista para esto”, susurró ella. Victor caminó hacia ella y tomó sus manos. “Yo tampoco”, admitió, “pero es peor quedarnos aquí sin actuar. No podría soportarlo.” Ella asintió levemente. La noche avanzó mientras continuaban revisando cada carpeta. El reloj marcaba las horas sin que lo notaran. La tormenta se había convertido en una llovisna suave, pero dentro de la casa el ambiente era más pesado que nunca.

En un momento, Victor abrió un sobre que no recordaba haber revisado antes. Contenía una copia del registro de uno de los trámites administrativos. Cuando lo levantó, sintió un estremecimiento. Lucía, mira esto. Ella se acercó. ¿Qué pasa? Él señaló una línea específica. La fecha dice que este documento se emitió antes de que siquiera se completara el informe previo. No es posible que ambos se generaran en este orden. Lucía sintió que el aire se volvía más denso. Victor, ¿y qué significa eso?

¿Que alguien organizó estos papeles sin seguir un proceso real? Respondió él sin apartar la vista. o que nadie revisó correctamente. Sea lo que sea, algo no encaja. Lucía se llevó una mano al pecho. No, no quiero pensar que hubo errores. No quiero imaginar que nada de lo que creímos es cierto. Victor cerró el documento con cuidado. Por eso mismo necesitamos aclararlo. No para soñar, sino para entender qué pasó realmente. Lucía lo miró fijamente y en sus ojos había una mezcla peligrosa de miedo y curiosidad.

Victor, ¿tú crees que el niño dijo la verdad? Él tardó unos segundos en responder. Finalmente habló con una sinceridad que le dolió decir, “Creo que habló como alguien que no tenía motivo para mentir.” Lucía apartó la mirada buscando estabilidad en el silencio de la casa. Victor volvió a sentarse y ordenó los documentos en una línea sobre el escritorio, como si intentara reconstruir una historia que nunca les contaron por completo. Cada papel que colocaba parecía abrir una nueva grieta en la versión oficial de lo ocurrido.

“Mañana”, dijo al fin rompiendo el silencio. “Volveré al cementerio. No pienso perder esa oportunidad.” Lucía tragó saliva y preguntó con voz baja. ¿Quieres que te acompañe? Victor la miró solo si te sientes preparada. Ella reflexionó unos instantes. Sí, estaré contigo. Él asintió agradecido. La noche terminó con las carpetas abiertas sobre la mesa y la decisión clara en el aire. No podían quedarse con la duda. Mientras apagaban las luces y subían las escaleras, Victor se detuvo a mitad del camino, mirando hacia el estudio, como si aún quedara algo por descubrir allí mismo.

Pero no era el momento. Lo descubriría mañana con el niño. Con la verdad. Victor despertó antes de que amaneciera. La tensión acumulada no le permitió descansar. Durante toda la noche, su mente volvió una y otra vez a los documentos revisados, a los detalles inconsistentes y, sobre todo, a la voz del niño bajo la lluvia. Era imposible ignorar lo que había escuchado. Se vistió en silencio y bajo las escaleras dispuesto a salir. Al abrir la puerta, encontró a Lucía apoyada en el marco, con el rostro aún cansado, pero decidida.