Mientras salían del cementerio, la frase del niño seguía golpeando su mente como un eco imposible. Compartí mi pan con ellos esta mañana. Imposible, inaceptable, inevitable. La carretera estaba oscura, la ciudad cubierta por la lluvia. Lucía observaba por la ventana con la mirada perdida, luchando contra el miedo y una chispa. peligrosa de esperanza. Victor, en cambio, mantenía las manos tensas en el volante. El mundo exterior parecía lejano. Lo único que importaba era la verdad escondida detrás de esas palabras.
No sabía qué encontraría al día siguiente, si el niño volvería o si estaba a punto de descubrir la mayor mentira de su vida o la verdad que siempre temió aceptar. Lo único claro era esto. No podía seguir viviendo sin saber. Y mientras la lluvia continuaba cayendo, Victor sintió por primera vez en meses algo distinto al dolor, un motivo para seguir buscando. La lluvia había disminuido, pero dentro del automóvil la tensión seguía tan densa que parecía ocupar el aire.
Lucía permanecía en silencio, con las manos entrelazadas sobre las piernas, mientras Victor conducía sin prisa, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper algo más dentro de ellos. La frase del niño resonaba una y otra vez en su mente. No era solo lo que dijo, sino cómo lo dijo, esa calma, esa naturalidad, esa certeza inesperada. Cuando llegaron a casa, la sensación no desapareció. Victor cerró la puerta con suavidad, dejó las llaves sobre la mesa y se quedó de pie unos segundos, mirando el suelo con el ceño fruncido.
Lucía lo observaba desde la entrada, sin saber si acercarse o guardar distancia. No quiero ilusionarme”, murmuró ella finalmente con la voz cansada. Victor respiró hondo. “No vamos a ilusionarnos”, respondió con un tono más controlado del que sentía. “Vamos a investigar nada más.” Pero por dentro sabía que esa línea era delgada, muy delgada. fue directo a su estudio, encendió la lámpara del escritorio y abrió la caja donde guardaba todo lo relacionado con el caso. Carpetas marcadas, copias certificadas, reportes que él había leído tantas veces que casi podía recitarlos de memoria, solo que esta vez miró cada documento como si fuera la primera vez.
Lucía se asomó a la puerta dudando. ¿Puedo ayudarte? Claro, respondió él sin apartar la vista del papel. Si quieres quedarte, quédate. Ella entró lentamente y tomó asiento. Victor comenzó a revisar el primer informe, uno que siempre le había parecido correcto, pero ahora algo le llamó la atención. “Mira esto”, dijo señalando una firma. Lucía se inclinó. “¿Qué tiene?” “Está duplicada”, respondió él. Es la misma firma exacta en dos documentos diferentes, pero con fechas distintas. No es normal. Ni siquiera los funcionarios firman dos veces del mismo modo.
Pasó al siguiente archivo. Notó que la fecha de registro coincidía demasiado precisamente con la hora del informe médico, como si ambos hubieran sido generados al mismo tiempo. Algo improbable para procesos que supuestamente ocurrieron por separado. Lucía sintió un escalofrío. ¿Crees que que hay algo extraño en todo esto? Victor no respondió enseguida. tomó una lupa del cajón inferior y analizó el encabezado del documento. Había un ligero cambio en el tono del sello, casi imperceptible, pero real. No quiero afirmarlo aún, dijo finalmente.
Pero sí creo que estos documentos no fueron revisados con detalle en su momento. Todo fue demasiado rápido, demasiado perfecto. Lucía se recostó en la silla. Victor, ¿y si realmente hay una explicación lógica para todo esto? ¿Y si ese niño solo confundió a los gemelos con otros chicos? Él levantó la mirada directo, sincero. No mencionó cosas generales. Lucía dijo detalles que nadie más sabía. Ella bajó la cabeza respirando hondo, intentando protegerse de cualquier chispa de esperanza. Victor continuó leyendo.