Les di un pedazo de pan es porque tenían frío. Siempre se abrazan cuando duermen. Uno se tapa la cara con el brazo y el otro tiene un lunar aquí, dijo señalando su propia muñeca. Victor sintió que una onda de electricidad le subía por la columna. Aquel lunar, ese gesto, ese detalle mínimo que nadie más conocía, nadie que no hubiera visto a los niños con vida, pero no, no podía. No debía creer aquello. Debe estar confundido. Intentó decir sin convencerse ni a sí mismo.
Debe debe haber sido otro par de niños. El chico negó suavemente con la cabeza. Eran ellos murmuró Santiago y Matías. Se lo prometo, señor. Aquella frase no tenía el tono de un supuesto ni de un invento infantil. Era una afirmación dulce y firme, como si hablara de algo tan cotidiano como haber dado de comer a un cachorro. Lucía perdió fuerzas y se apoyó en el suelo, abrumada por la emoción. Victor sintió un temblor en las manos. Su respiración se volvió irregular.
El niño dio un paso hacia atrás como temiendo haber hecho algo malo. “Perdón, pensé que querían saber”, dijo con un hilo de voz. Y esas palabras fueron el golpe final. Perdón. Como si revelar que sus hijos estaban vivos fuera una falta de respeto. No, no te vayas. pidió Victor dando un paso hacia él. ¿Dónde los viste? El niño señaló hacia el extremo del cementerio, pero antes de poder responder con claridad, un trueno retumbó y el chico dio un respingo.
“Puedo mostrarle, pero no ahora. Si quiere, lo espero mañana”, dijo en voz baja y sin más se alejó caminando rápidamente entre tumbas y sombras, desapareciendo como si hubiera sido parte de la tormenta. Cuando se fue, Victor sintió que la llovisna se había vuelto más fría. Lucía estaba en el suelo temblando entre soyosos y él la tomó del brazo para ayudarla a levantarse. “¡Ale! ¿Qué vamos a hacer?”, preguntó ella con la voz quebrada. Él no respondió. No podía.
No sabía si aquello había sido real o una ilusión empapada en culpa, pero lo que sí sabía era que la duda había regresado con más fuerza que nunca, perforando cada defensa que había construido para poder seguir viviendo. Caminó bajo la lluvia con paso firme. Sus zapatos chapoteaban en los charcos y en su mente comenzaban a juntarse piezas rotas. La rapidez con la que cerraron el caso, los documentos sin profundidad, la extraña prisa del hospital, las respuestas evasivas y ahora un niño desconocido afirmando que había visto a sus hijos.
No podía ignorarlo. No esta vez de vuelta al automóvil, Lucía se aferró a su brazo. Victor, ¿y si ese niño está confundido? ¿Y si nos hace daño creer? Yo no sobreviviré a otra caída. dijo con los ojos rojos. Él respiró hondo. Sentía una mezcla imposible de esperanza y terror. “No sé si está confundido”, murmuró, “pero sé que no habló como alguien que miente y sé que describió detalles que nadie podría conocer.” Lucía cerró los ojos como si la realidad la apretara demasiado fuerte.
“No puedo volver a pasar por esto”, susurró Victor. La abrazó con la mirada perdida en la lluvia que golpeaba el parabrisas. No vamos a saltar a conclusiones, dijo con un tono más firme del que sentía. Vamos a buscarlo. Vamos a confirmarlo. Vamos a descubrir si hay algo más. Lucía lo miró con lágrimas silenciosas. Y si nos equivocamos, Victor se quedó un momento sin responder. Luego, con voz baja, honesta, casi desgarrada. Peoría no intentarlo. Encendió el auto. El motor rugió bajo la tormenta.