Santiago susurró sin poder evitar que la voz temblara. El niño mayor ladeó la cabeza confundido. No reaccionó enseguida. No dio un paso hacia ella, solo observó. Intentando comprender quiénes eran aquellas personas, Victor sintió que las piernas le flaqueaban. Dio un paso al frente, apenas un poco, sin invadir el espacio de los niños. No quería asustarlos, no sabía cómo acercarse sin romper algo delicado. Fue entonces cuando lo vio, en la muñeca del niño menor, entre la ropa que le quedaba grande, había una pulsera hospitalaria, vieja, pero intacta.
El plástico estaba opaco por el desgaste. Pero el nombre estaba allí impreso con claridad, Matías Montes Herrera. Victor llevó una mano al pecho como si necesitara sostenerse para no caer. Todo el aire pareció desaparecer de la habitación. Sus ojos se llenaron de lágrimas sin previo aviso. Lucía, incapaz de contener más tiempo la emoción, avanzó un paso y luego dudó, sosteniéndose en el marco de la puerta. Quería correr hacia ellos, abrazarlos, besarlos, pero algo dentro le decía que debía actuar con cuidado.
Los niños no los conocían ya. No de la forma en que un recuerdo firme sostiene a un vínculo. Eran rostros nuevos que aparecían en un lugar que nadie más visitaba. Emiliano se acercó y se agachó junto a los dos hermanos. Todo está bien”, dijo suavemente. Ellos los estaban buscando. El niño mayor miró al pequeño como si intentara decidir si debía creer lo que escuchaba. El menor apoyó la cabeza en su hombro buscando seguridad. Victor dio otro paso.
Esta vez Matías se sobresaltó levemente, pero no se alejó. Santiago, en cambio, lo observó con atención. Sus ojos se movían de su rostro a la pulsera, como si intentara entender la reacción intensa que aquel adulto mostraba al verla. “No queremos asustarlos”, dijo Victor con voz entrecortada. “Solo queremos verlos. Están a salvo.” Lucía soltó finalmente un soyo. Se cubrió la boca, pero no pudo contener las lágrimas. Su corazón parecía haber esperado este instante desde que el mundo se les vino abajo meses atrás.
Mi amor”, murmuró. “Son ellos, Ale, son ellos.” Santiago frunció ligeramente el ceño, confundido por la emoción que veía en sus rostros. Los niños no estaban lastimados, pero sí cargaban una tensión acumulada que hablaba de incertidumbre. De noche sin tranquilidad, Matías, aún recostado en su hermano, apretó un poco más el brazo de Santiago. Era evidente que estaban unidos por una confianza profunda, una alianza propia de quienes han dependido el uno del otro en momentos difíciles. Victor dio un paso más despacio.
Santiago, Matías pronunció los nombres con una reverencia que contenía meses de dolor, búsqueda y vacío. Santiago reaccionó ante el sonido de su nombre, no con reconocimiento completo, pero sí con una chispa de atención que dio un vuelco al pecho de Victor. El niño ladeó la cabeza con suavidad, como si intentara asociar algo distante. Lucía, incapaz de mantenerse atrás, se acercó con pasos temblorosos hasta quedar a un metro de ellos. “Hijos”, susurró sin levantar demasiado la voz. “Estamos aquí.” Matías se aferró más a su hermano, aunque ya no parecía temer que aquellas personas se acercaran, solo estaba desconfiado, como un niño que no comprende por qué tantas emociones lo rodean.
En ese instante, Emiliano tomó la mano del pequeño con delicadeza. No se preocupen dijo. Ellos no quieren alejarlos. Ellos los estaban buscando. Santiago lo miró con más calma. Su expresividad se suavizó y su cuerpo perdió algo de rigidez. Emiliano era su punto de referencia, su puente entre una realidad limitada y una nueva que lo sorprendía. Victor notó aquel descanso en la postura del niño mayor, fue suficiente para que se arrodillara sin acercarse demasiado. “Han sido muy valientes”, murmuró Santiago.
Parpadeó varias veces. Matías, aún abrazado, volvió la cara apenas para observar a Victor. Su mirada era curiosa, no temerosa, como si intentara descifrar qué significaba aquella presencia. Lucía se arrodilló también, aunque mantuvo una distancia respetuosa. Lágrimas silenciosas corrían por su rostro mientras observaba cada detalle. Las mejillas finas, el cabello algo largo, la forma en que se sostenían mutuamente. No podía creer que estuvieran frente a ella después de meses de vivir con un vacío imposible de describir. Santi, Mati, susurró con voz quebrada.
Victor extendió lentamente la mano hacia ellos, pero la dejó quieta a mitad de camino sin tocar a los niños. Era un gesto pequeño, pero significativo. Les mostraba que no quería presionarlos. Matías fue el primero en reaccionar. Levantó apenas la mano libre sin separarse de su hermano y tocó la suela del zapato de Victor con curiosidad infantil. Un gesto simple, casi tímido, pero cargado de significado. Lucía llevó una mano al corazón. Victor cerró los ojos un instante para contener la emoción que amenazaba con desbordarse.