Señor, esos gemelos no están donde usted cree. La frase corta la tormenta como un rayo y obliga al millonario a detenerse frente a la lápida que visita desde hace meses. El niño da un paso empapado y murmura. Compartí mi pan con ellos esta mañana. Estaban juntos. El mundo parece detenerse y Victor siente como su certeza empieza a quebrarse sin imaginar que esa frase es solo el inicio de una verdad que nadie quiso ver.
La lluvia no caía, golpeaba. Era una de esas tormentas que parecen diseñadas para borrar caminos, voces, recuerdos. Y aún así, Victor Montes permanecía allí inmóvil, con la mano apoyada en la lápida fría donde estaban grabados los nombres de sus hijos. Su traje empapado pesaba como si cargara piedras. A su lado, Lucía Herrera temblaba, pero no era por el clima, era por lo que nunca había podido poner en palabras.
Santiago, Matías”, murmuró ella con un hilo de voz, casi como si los nombrara con miedo de que la lluvia se los llevara de nuevo. Victor no respondió, solo inclinó la cabeza cerrando los ojos con fuerza, intentando contener la rabia, la impotencia, la sensación insoportable de que había algo que se le escapaba. La tormenta era el único sonido en aquel cementerio vacío hasta que un pequeño crujido de pasos encharcados interrumpió el silencio. Al principio, Victor pensó que era un cuidador, pero al girar la cabeza vio la silueta delgada de un niño de unos 13 años con ropa gastada adherida al cuerpo por la lluvia.
El chico no los miraba a ellos. Estaba frente a una tumba unos metros atrás, con la cabeza inclinada, sosteniendo algo entre las manos. como si fuera un tesoro frágil. Lucía apenas lo notó. Victor tampoco habría prestado atención de no haber sido por lo siguiente. El niño, al escuchar que Victor decía nuestros hijos levantó los ojos con un gesto que no debería haber significado nada, pero lo significó todo. Y entonces ocurrió. El niño dio unos pasos hacia ellos, no con la confianza de quien quiere hablar, sino con la cautela de alguien que teme equivocarse.
Se detuvo a una distancia respetuosa, bajó la mirada y dijo, casi en un susurro que se perdió entre la lluvia. Santiago y Matías, compartí mi pan con ellos esta mañana. No están aquí. Lucía dio un pequeño grito ahogado y retrocedió. Victor sintió que el corazón le golpeaba las costillas como si buscara salir del pecho. Las palabras del niño no eran un grito, ni un llanto, ni un anuncio dramático. Eran simples, limpias, dichas con la naturalidad de quien afirma que vio llover.
¿Qué? ¿Qué dijiste?, preguntó Victor con la voz desgarrada. El niño lo miró directo a los ojos. No había malicia, no había duda, no había intención, solo una certeza inquietante. “Los vi esta mañana”, repitió. La lluvia golpeó más fuerte. Victor sintió que el suelo bajo sus pies se movía. Era ilógico. Era imposible. Era cruel. Era verdad. No, no puedes decir eso. Balbuceó Lucía llevando las manos al rostro. El chico no retrocedió ni se disculpó. Trató de explicar casi con timidez.