Nunca imaginé que el bebé recién nacido que encontré cerca de un basurero me llamaría 18 años después.

Claire tiene 63 años y una rutina impecable: horarios irregulares, pasillos silenciosos, luces fluorescentes desgastadas y ese discreto ballet de pequeñas tareas que nadie nota... excepto cuando no se hacen. En realidad, no se queja: siempre ha sentido cierto orgullo por el trabajo bien hecho. Pero hay una pequeña punzada, esa que se siente cuando se ha dado mucho y se ha recibido poco a cambio.

Porque Claire también era madre. Tres hijos, ya mayores, asentados, ocupados y con prisa. Mensajes sin respuesta, vacaciones y excusas incesantes. Y con el tiempo, aprendió a no esperar más. No por frialdad, sino por autoprotección.

La mañana en que todo cambió en un lugar inesperado.

Ese martes, a mitad de su turno, Claire estaba limpiando un área de descanso. Nada fuera de lo común... hasta que oyó un ruido extraño y tenue, como una llamada apenas audible. Se detuvo, contuvo la respiración y siguió el sonido. Detrás de un gran contenedor, descubrió a un bebé abrigado, temblando, acompañado de una simple nota, escrita a toda prisa: «No pude. Protégelo». 

En ese momento, su instinto se activó. Envolvió al bebé en una manta, buscó ayuda y llamó a emergencias. Un camionero que pasaba se detuvo, le dio su chaqueta y permaneció a su lado hasta que llegaron los profesionales. Unos minutos después, la operación de rescate terminó. Claire, sin embargo, no podía simplemente irse a casa. Quería saber. Quería estar segura.