Claire tiene 63 años y una rutina impecable: horarios irregulares, pasillos silenciosos, luces fluorescentes desgastadas y ese discreto ballet de pequeñas tareas que nadie nota... excepto cuando no se hacen. En realidad, no se queja: siempre ha sentido cierto orgullo por el trabajo bien hecho. Pero hay una pequeña punzada, esa que se siente cuando se ha dado mucho y se ha recibido poco a cambio.
Porque Claire también era madre. Tres hijos, ya mayores, asentados, ocupados y con prisa. Mensajes sin respuesta, vacaciones y excusas incesantes. Y con el tiempo, aprendió a no esperar más. No por frialdad, sino por autoprotección.
La mañana en que todo cambió en un lugar inesperado.

En ese momento, su instinto se activó. Envolvió al bebé en una manta, buscó ayuda y llamó a emergencias. Un camionero que pasaba se detuvo, le dio su chaqueta y permaneció a su lado hasta que llegaron los profesionales. Unos minutos después, la operación de rescate terminó. Claire, sin embargo, no podía simplemente irse a casa. Quería saber. Quería estar segura.