Me echó de su mansión bajo la lluvia por ser viejo y pobre… pero no sabía que ese día estaba firmando la sentencia de muerte de su imperio.

Adrián Beltrán estaba sentado a pocos metros de mí. Ya no era el hombre que daba órdenes desde su mansión, ni el intocable esposo de mi hija. Su traje era gris, barato y arrugado. Le temblaban las manos. Evitaba mirarme, como si mi mera presencia le recordara quién era en realidad.

El juez pidió silencio.

Cuando me preguntaron si reconocía al acusado, levanté la mirada con calma.

—Sí —respondí—. Es el hombre que me echó de su casa bajo la lluvia, sabiendo que no tenía adónde ir.

Un murmullo recorrió la sala del tribunal.

Lo conté todo con precisión. No exageré nada. No omití nada. Describí cómo cambió mi hija después de casarse con él: cómo su voz se volvió más suave, cómo la luz abandonó sus ojos, cómo aprendió a pedir permiso incluso para respirar.

Presenté los mensajes. Las amenazas. Los registros médicos de los empujones accidentales. La grabación de audio en la que Adrián decía: «Si hablas, te quedarás sin nada».

Entonces Lucía habló.

Mi hija se levantó con manos temblorosas, pero con una firmeza que nunca antes había visto en ella. Confesó el miedo constante, los golpes ocultos, el control financiero, el aislamiento. Dijo algo que nunca olvidaré:

Mi madre fue lo primero que me obligó a perder. Hoy, elijo no perderme a mí mismo.

Adrián intentó defenderse. Culpó al estrés. Al alcohol. A «malentendidos familiares». Pero las pruebas eran abrumadoras. Los documentos que Héctor había guardado durante años demostraban evasión fiscal, lavado de dinero y soborno sistemático. El abuso fue solo la grieta que expuso todo lo demás.

El veredicto no causó sorpresa.

Culpable.