Te despiertas de golpe en la madrugada con un dolor punzante en la pantorrilla que te deja sin aliento. La pierna se contrae como si tuviera vida propia, el pie se estira sin control y solo puedes apretar los dientes hasta que pasa. Cuando por fin afloja, queda esa molestia sorda que te acompaña todo el día siguiente y te hace caminar con cuidado. Y lo peor: sabes que puede volver en cualquier momento.
A muchas personas mayores de 60 años les pasa tan seguido que ya lo aceptan como “cosa de la edad”. Pero aquí está el detalle: en muchos casos, esos calambres nocturnos no son solo mala suerte. Pueden estar relacionados con deshidratación, circulación más lenta, fatiga muscular o niveles bajos de ciertos nutrientes que el cuerpo absorbe peor con los años. La buena noticia es que hay formas prácticas de mejorar la situación… y tres vitaminas aparecen una y otra vez en los estudios científicos. Quédate, porque lo que viene podría cambiar cómo duermes y cómo te mueves al día siguiente.