—¿Eres feliz?
—Sí —respondió sin dudar—. Desde hace mucho tiempo.
Y entonces lo entendí por completo:
Ella no me dejó porque yo fuera infértil.
Me dejó porque fui cobarde.
Porque preferí culparla antes que enfrentar la verdad.
Porque puse el linaje por encima del amor.
Porque amé más mi ego que a la mujer que me entregó su vida.
Cuando se fueron, me quedé ahí de pie… solo.
Por primera vez, ya no culpé a nadie.
Ni a una mujer.
Ni al destino.
Ni a las mentiras.
Solo a mí mismo.
Y esta es la verdad que aprendí, aunque demasiado tarde:
No todo hombre con apellido es padre.
No todo el que tiene dinero tiene honor.
Y no todo lo que se pierde puede recuperarse…
sobre todo cuando fuiste tú quien lo empujó lejos.