Pero dentro de mí siempre había miedo:
miedo a volver a culpar,
miedo a huir otra vez,
miedo a enfrentar mi propia cobardía.
Al final, todas se fueron.
Un día, por casualidad, pasé frente a una pequeña clínica. En la sala de espera vi una espalda familiar. Una mujer sostenía a un niño —un niño vivaz, riendo.
Era Mariana.
Su rostro estaba en paz. Su sonrisa era clara. Cuando nuestras miradas se cruzaron, no apartó la vista. Sonrió con cortesía, como si yo fuera solo un viejo conocido.
—¿Es tu hijo? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Sí —respondió—. El regalo de la vida.
Sin rencor.
Sin reproches.
Asentí.