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Llevé algunos y los examiné bajo la luz. A través de las conchas translúcidas, pude ver tenues manchas oscuras. Busqué respuestas en internet, y se me revolvió el estómago al descubrir la verdad.
Eran huevos de caracol: caviar de caracol.
Darme cuenta me puso los pelos de punta. Sabía que los caracoles podían multiplicarse a una velocidad alarmante y devastar un jardín entero de la noche a la mañana. Peor aún, ciertas especies, sobre todo las tropicales, son portadoras de parásitos dañinos para los humanos. Eso significaba que estas delicadas "perlas" no eran solo una curiosidad; eran una amenaza.

Rápidamente recogí todo el grupo y les eché agua hirviendo encima para evitar cualquier infestación. Luego limpié la zona a fondo e inspeccioné el resto del jardín.
Ahora lo sé mejor: incluso los objetos de aspecto más inofensivo en la tierra pueden esconder un ejército silencioso capaz de destruir una cosecha. La naturaleza siempre está más cerca de lo que creemos; a veces, justo debajo de nuestros pies.