Caleb miró a su padre y luego al perro, que ahora estaba sentado tranquilamente al lado de la silla de ruedas, como si hubiera encontrado su lugar en el universo.
Papá, yo me encargo del papeleo y de las llamadas. Tú quédate con él. No dejes que nadie se acerque a esta jaula, dijo Caleb, sacando su placa de oficial.
Las siguientes 48 horas fueron una carrera frenética contra el reloj y la burocracia. Caleb utilizó cada contacto que tenía en la policía y en las asociaciones de veteranos. Descubrieron que “Shadow” era en realidad “Rex”, un perro detector de explosivos cuya unidad había sido emboscada en el extranjero. Su guía había muerto en el ataque, y el perro había sido enviado de regreso a los Estados Unidos, donde su trauma fue malinterpretado como agresividad pura. Había pasado por tres refugios diferentes bajo nombres distintos, perdiéndose en el sistema.
El jueves por la noche, solo diez horas antes de la hora programada para el sacrificio, la orden de liberación llegó por fax.
Cuando Caleb regresó al refugio con los papeles firmados, encontró a su padre sentado frente a la jaula. Luke no se había movido de allí en todo el día. Había pasado las horas hablándole al perro en voz baja, contándole historias de Kandahar, de Gunner, de la vida antes de las sombras.
Rex estaba echado a sus pies, con la cabeza apoyada en el reposapiés de la silla de ruedas. Por primera vez en meses, el perro dormía profundamente, con una respiración tranquila y regular.
Vámonos a casa, papá, dijo Caleb suavemente.
El camino de regreso a casa fue el primer paso de una curación que nadie creía posible. Rex se instaló en la habitación de Luke. Durante las primeras semanas, ambos tenían pesadillas. Caleb escuchaba a su padre hablarle al perro en medio de la noche, calmándolo cuando Rex ladraba en sueños, y sentía cómo el perro, a su vez, lamía la mano de su padre cuando este se despertaba gritando por los recuerdos de la explosión.