El personal del refugio lo llamaba “La Zona Roja”. Era el último pasillo a la izquierda, donde el aire olía a lejía, metal oxidado y una desesperanza tan densa que se podía sentir en la garganta. Allí mantenían a los perros que no iban a volver a casa. Los olvidados. Los condenados. Los que el sistema ya había tachado de la lista de seres vivos.
El oficial Caleb Hart había entrado en muchas situaciones peligrosas en sus años de servicio: redadas antidroga en barrios marginales, disputas domésticas violentas, peleas de bar donde las botellas volaban como proyectiles. Sin embargo, nada le había anudado el estómago de esa manera, como el sonido desgarrador que salía de la Jaula 402.
No era un ladrido común. No era el reclamo de atención de un cachorro. Era un gruñido gutural, húmedo y profundo que vibraba a través del suelo de concreto, subiendo por las botas de Caleb hasta instalarse en su pecho. Era el sonido de una guerra interna que nadie más podía escuchar.
Se lo digo, oficial, dijo la voluntaria del refugio, una joven llamada Sarah, con un temblor evidente en la voz y las manos apretadas contra su pecho. No quiere ir ahí atrás. Es un error. Lo han devuelto tres veces en solo dos meses. Cada familia que lo intentó regresó con heridas o historias de terror. Ayer mismo mordió a un cuidador experimentado. Él no tiene salvación. Está programado para la eutanasia el viernes a primera hora.
Caleb no se detuvo. No podía hacerlo. Había algo en la atmósfera de ese pasillo que lo empujaba hacia adelante, una gravedad invisible que lo atraía hacia la oscuridad.
Detrás de él, el suave zumbido de las ruedas eléctricas de una silla de ruedas rozaba el linóleo desgastado. Era un sonido constante, rítmico, que marcaba el paso de un hombre que había perdido la fe en el mundo pero que, por alguna razón, hoy había decidido salir de su cueva.
Sigue avanzando, ordenó desde la silla la voz áspera y grave de su padre, el sargento mayor retirado Luke Hart. Era una voz acostumbrada a dar órdenes sobre el estruendo de los morteros, una voz que no aceptaba un no por respuesta.