Me hice a un lado, le quité el micrófono al oficiante y hablé en voz alta para que todos pudieran oír. Mis palabras dejaron a la sala en shock.
Siempre supe que te casabas conmigo por dinero, y esperaba con ansias el momento en que finalmente mostraras tu verdadera cara. Tengo una noticia maravillosa para ti. Mi padre no está en bancarrota. Me transfirió todos sus bienes, supuestamente para que pudiéramos disfrutar de la vida juntos. Pero ahora entiendo que no habrá boda.
El silencio invadió la sala. Los familiares palidecieron. Alguien se tapó la boca. A alguien se le cayó un vaso. El novio empezó a hablar, poniendo excusas, sonriendo, fingiendo que todo era una broma.
Pero ya era demasiado tarde.
Devolví el micrófono, me di la vuelta y me alejé, con un vestido blanco, sin marido, pero con mi dignidad intacta.
Y en ese momento entendí algo importante:
Lo mejor que puede pasar en una boda es cancelarla a tiempo.