Nos lo han dicho toda la vida: ducharse a diario es la base de una buena higiene. Así que, naturalmente, la idea de bajar el ritmo después de los 65 puede sorprender, incluso preocupar. Y, sin embargo… con el tiempo, el cuerpo cambia, y lo que era beneficioso a los 30 ya no siempre es tan efectivo después. Sin querer decir que se descuida, algunos hábitos simplemente necesitan ajustarse para seguir cuidándonos con delicadeza y sensatez.
Piel más fina, más sensible… y más exigente

En este contexto, las duchas diarias, sobre todo si son largas, calientes y con jabones fuertes, pueden ser más perjudiciales que beneficiosas. Al eliminar constantemente los aceites naturales restantes de la piel, esta se siente tirante, con picazón, incómoda y propensa a pequeñas irritaciones, a veces imperceptibles al principio.
Lavar demasiado a veces puede crear un desequilibrio.

Con la edad, este equilibrio se vuelve más frágil. Los productos muy perfumados o los llamados "antibacterianos" pueden agravar la sequedad y promover el enrojecimiento o la incomodidad. Por lo tanto, una higiene excesivamente intensiva no siempre es sinónimo de una mejor protección; de hecho, todo lo contrario.
Un momento que también requiere energía

Sin dramatizar, reducir la frecuencia de las duchas también puede ser una forma de limitar estos pequeños riesgos cotidianos, sobre todo cuando nos sentimos menos estables o más cansados determinados días.