¿Sientes que lo has probado todo sin perseverar? Entre consejos contradictorios, tendencias pasajeras y promesas irrealistas, es difícil saber en qué confiar. Sin embargo, existen hábitos efectivos... pero rara vez se destacan. Demasiado simples, demasiado lógicos, poco "comercializables". ¿Y si, esta vez, la clave residiera precisamente en esas reglas discretas que, al combinarse, marcan la diferencia?
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Empieza el día con dos vasos de agua.
Beber dos vasos de agua al despertar ayuda a revitalizar el cuerpo tras la noche y a rehidratarlo suavemente. Esta sencilla acción también ayuda a regular mejor el apetito por la mañana.
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Espere unos minutos antes de la primera comida.
Dejar pasar un breve periodo de tiempo antes de comer ayuda a distinguir el hambre real de un simple reflejo matutino, a menudo vinculado al cansancio o a la costumbre.
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Beber regularmente durante el día.
La hidratación regular ayuda a mantener la energía y evitar la confusión entre sed y hambre, algo común durante el día.
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Aprender a reconocer el hambre real

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Limite los refrigerios automáticos
Tomar consciencia de los momentos en los que picamos sin pensarlo ayuda a reducir estas ingestas alimentarias innecesarias, muchas veces ligadas a las emociones.
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Cenar lo suficientemente temprano
Cenar demasiado tarde altera la digestión y el sueño. Comer más temprano ayuda al cuerpo a regularse mejor durante la noche.
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Permita que el cuerpo descanse un poco antes de acostarse.
Después de la cena, permitir que el cuerpo tenga un momento de tranquilidad favorece una mejor digestión y un sueño más tranquilo.
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No demonices la comida
Ningún alimento está prohibido en sí mismo. Son las cantidades, la frecuencia y la forma de consumirlo lo que marca la diferencia.
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Consuma alimentos ricos en almidón con moderación.
